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26/04/2017

"Lo hemos conseguido"

Un relato de Lola Montalvo

Donar órganos permite salvar muchas vidas y mejorar la situación de muchos enfermos que sufren una auténtica agonía en vida y que con un injerto pueden tener la esperanza de una oportunidad.

El cirujano acaba de salir para decirnos que todo ha ido bien. Miro a mi madre y a mis hermanos... en cuanto escuchamos las palabras que tanto ansiábamos oír, hemos respirado hondo, hemos suspirado de alivio. A todos se nos han llenado los ojos de lágrimas y hemos apretado las manos del cirujano y de la cirujana que ha salido después para darnos la buena nueva. Es como si necesitáramos alabar esas manos que han posibilitado que él pueda tener una nueva oportunidad. Hemos reído y llorado a la vez, sin apenas escuchar lo que los dos médicos nos decían: que la intervención ha ido bien, que ha salido de quirófano, que le están acomodando en la sala de trasplantes de la UCI, que nos dejarán verlo en un rato, cuando los enfermeros terminen de arreglarlo... y que ahora, sí, ahora comienza la batalla más difícil: que el injerto se acomode a su cuerpo, que su organismo lo reciba y lo adapte a su estructura y que no se produzca ningún rechazo.

Rechazo. Quizá la palabra que más terror produce en los que han recibido un trasplante.

Rechazo. El límite sin definir, que condiciona la diferencia entre éxito y fracaso.

Rechazo.

Los enfermeros de la UCI nos indican que podemos entrar a verlo. Pasamos de dos en dos. Nos ponemos bata, mascarilla, calzas y guantes, porque su cuerpo tiene ahora las defensas bajas y cualquier pequeña infección puede ser letal. Nos sonreímos con los ojos por encima del borde la mascarilla. No estamos acostumbrados a ese ropaje y nos sentimos incómodos, fuera de lugar, pero curiosos ante las nuevas sensaciones.

Lo encontramos acostado, con la cabecera elevada y una mascarilla para el oxígeno que le tapa casi toda la cara. Un millón de tubos entran y salen de su cuerpo que se ve pálido, pequeño, vulnerable; pero fuerte. Fuerte porque ha sido capaz de llegar hasta aquí, después de tantos años de enfermedad y de diálisis. Después de tantas llamadas que al final no eran para él. De tantas esperas durante horas esperando que ser suplente no sea una condena eterna.

Sí, fuerte porque esta mañana cuando llegamos nos dio ánimos él a nosotros, aunque su mirada mostraba el miedo que le atenazaba el corazón. Fuerte porque entró en quirófano con una sonrisa y el signo de la victoria entre los dedos, susurrándonos que nos veríamos a la vuelta. Fuerte porque ha aguantado tantas horas de intervención y está ahí, respirando, latiendo, luchando...

Cierro los ojos y tomo su mano que, gracias al cielo, está cálida, llena de ese tacto que tan bien conozco y tanto amo. Él abre los ojos y me mira. El guiño de sus ojos me hace entender que sonríe. Aprieto sus manos más fuerte entre las mías.
Y me susurra: «lo hemos conseguido»

Dejo que las lágrimas resbalen por mi rostro sin oponerme. No tiene sentido retenerlas, porque él también llora.

«Sí, lo hemos conseguido», le digo...

«Pero ahora viene la lucha más difícil, la más dura y difícil...»


Con estas elocuentes y bonitas imágenes de la Campaña de Donación de Órganos Francesa, creo que del 2011, termino esta entrada. Donar órganos permite salvar muchas vidas, muchas, y mejorar la situación de muchos enfermos que sufren una auténtica agonía en vida y que con un injerto pueden tener la esperanza de una oportunidad.
Las estadísticas dicen que España es el país más generoso, claro que sí, lo es. No dejemos de hacerlo ni de serlo, por favor.

Por último: cuando recibes un órgano acabas con una difícil situación de enfermedad pero, hasta que llegas a tener cierta normalidad pasa mucho tiempo; tras el trasplante comienza una batalla nueva ante la que, por lo general, no estás muy bien preparado: el rechazo, que consiste en que el injerto se muera sin remisión porque tus defensas acaban con él, porque no lo aceptan, lo consideran un «algo» extraño y lo atacan... Y ese rechazo es algo que se debe tener siempre presente. Entender y ser consciente de que, a veces, la batalla se pierde y vuelves a estar, no igual que al principio: peor. Lo saben muy bien muchos, muchos que han pasado por esta agonía. Lo sabe mi amiga Ana, lo sabe mi amiga S. Lo sabe mi querido J... Lo saben tantos y tantos como ellos...

A todos y cada uno de ellos va también dedicado este pequeño relato, a ellos y a todos los que viven esta complicada situación. Empezar de nuevo, que no de cero, porque cuando se produce un rechazo, se empieza mucho, mucho más atrás... Y todo es más difícil aún, hasta el hecho de que no te puedan trasplantar de nuevo. Un trasplante es siempre jugársela a todo o nada. Un trasplante es un acto de valor.


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