24/04/2019

"Derecho a decidir cómo vivir, cómo morir"

por Lola Montalvo

Nuestra colaboradora opina y ofrece su punto de vista en su último artículo sobre un tema de actualidad.

La legislación actual no siempre está a la altura de las necesidades de las personas. Por regla general, se regulan ciertos derechos a base de insistir, de pedir, de manifestarse, sobre todo en lo que se refiere a aquellos temas realmente complicados en los que la ley se ve acorralada entre la ética, los derechos, la moral de unos pocos y por opiniones encontradas que complican una salida satisfactoria para todos. Es el caso del aborto, del matrimonio entre personas del mismo sexo, el derecho a intervención de cambio de sexo de las personas transgénero o la eutanasia, por citar solo algunos de los que más controversia han generado y generan.

Las personas nacemos, vivimos, nos reproducimos —o no— y morimos. Esto es de lo poco que todos tenemos claro en esta vida. Las enfermedades están presentes constantemente en nuestro día a día; unas banales, otras graves y dolorosas. Nadie sabe a ciencia cierta qué le va a tocar vivir en sus propias carnes. Cuando una persona enferma, vivirá su enfermedad de una forma absolutamente individual, tanto en el aspecto biológico como en lo referente a su vida social y personal. Es muy extendido el dicho de que «no hay enfermedades, hay enfermos»; me permito afinar un poco más, «no hay enfermedades, hay personas con enfermedades». La individualización de nuestra experiencia vital, no solo en salud sino en enfermedad, es lo que nos hace únicos. Lo que vale para mí no vale para otras personas y viceversa. La salud, la enfermedad, el dolor, el miedo, la angustia, en definitiva, el sufrimiento es único, tan único como tantas personas existen en este mundo.

Todos tenemos derecho a planificar nuestra vida en el ámbito de nuestras posibilidades, todos tenemos a derecho a poder decidir qué será de nuestra existencia, tomar decisiones que serán determinantes en nuestra educación, en nuestra vida personal y afectiva, en nuestra salud… en nuestra enfermedad y nuestra muerte, sí, también deberíamos tener derecho a decidir en estos aspectos. Nuestra enfermedad y nuestra muerte no deberían quedar al arbitrio de otros, debemos ser capaces de poder resolver, de tener a nuestra disposición toda la información, todos los datos que nos den la oportunidad, siempre que sea posible, de tomar decisiones sobre cómo deseamos que sea nuestra vida y nuestra muerte.

Hace unos días conocimos la noticia de la muerte de María José Carrasco, mujer enferma de esclerosis múltiple desde hacía más de veinte años, que había tomado la decisión de quitarse la vida porque su sufrimiento era tal que no quería seguir viviendo, así no. Hagamos un pequeño ejercicio de empatía e intentemos imaginar un segundo, un instante, cómo era la vida de María José, cómo era su cotidianidad, su día a día, lo que sufría, lo que temía, el dolor que padecía, la angustia, el miedo, sentirse atrapada por su enfermedad sin posibilidad de cura o mejoría, agravándose cada vez más… De forma consciente y voluntaria decidió que no deseaba seguir viviendo así más tiempo. Quería morir ya, pero ella no podía hacerlo y la persona que más la amaba en este mundo, su marido Ángel, la ayudó a hacerlo.

Desde entonces se han levantado ampollas en nuestra sociedad porque con este acto de suicidio asistido queda patente que no tenemos una ley de eutanasia activa que hubiera amparado a María José y evitado que su marido la tuviera que ayudar a morir. Él fue consciente en todo momento de que su acto es un delito, según nuestras leyes y, aun así, siguió para delante, lo asumió y la ayudo; eso nos ha dejado paralizados como sociedad... nadie puede considerarse indiferente porque nos afecta a todos.

Esta situación ha sido «la situación» de María José y Ángel, cierto, pero es la misma que vivió Ramón Sampedro hace diez años y que viven muchas otras personas anónimas y desconocidas que sufren una enfermedad grave y no desean seguir viviendo, porque esa es su elección; ven su propio deterioro, su pérdida de sí mismos, su angustia, el dolor, el miedo y no desean seguir sufriendo, quieren una muerte digna; eligen morir mientras son ellos mismos, mientras se reconocen.

Esto no significa que todas las personas que sufran estas mismas enfermedades y situaciones deseen morir; es necesario indicar que hay muchas otras personas que tienen esas mismas enfermedades y no desean morir…, porque esa es su decisión, porque cada uno toma sus propias decisiones en la situación de enfermedad que le toca vivir e, insisto, eso es lo que siempre debe primar por encima de todo: la elección personal. Eso sí, deberían tener la misma capacidad de ver sus deseos cumplidos tanto los que desean seguir viviendo como los que desean no hacerlo y elegir su momento.
Los legos en este tema insisten en que en España tenemos servicios sanitarios muy capaces en cuidados paliativos que harían innecesaria la eutanasia, sin entender que unos y otra no cubren iguales necesidades. Esto hace más inquietante el comprobar que en estos temas, a veces, toman decisiones quiénes no siempre parecen entender lo que implican los cuidados paliativos, la eutanasia activa o pasiva o el suicidio asistido. Viendo ciertas declaraciones en los medios estos días queda más que patente.
«Voluntad vital anticipada» es ese derecho que muchas consejerías de sanidad nos ponen delante de los ojos cada vez que nos conectamos a sus webs o app, pero esa voluntad no se cumple tal como algunas personas querrían o necesitarían cuando no les dejan poner fin a su vida si se ven abrumados por una enfermedad grave, mortal y que produce un gran sufrimiento físico-psicológico. Otros países europeos como Holanda, Bélgica o Luxemburgo tienen regulado este derecho con una ley de eutanasia activa. El suicidio asistido es legal en Finlandia, Suiza, y algunos estados de Estados Unidos. España no contempla ni lo uno ni lo otro.

Todos sabemos que las personas ante ciertos procesos de enfermedad tienen derecho a negarse a recibir tratamientos de forma libre y voluntaria: no desear recibir transfusiones, no querer someterse a una intervención quirúrgica o a un tratamiento concreto si se considera agresivo, no desear recibir un trasplante o pedir que no se alargue de forma innecesaria la vida… Damos por supuesto esta libertad de decisión, amparada por la ley, porque la persona tiene siempre la última palabra. ¿Nuestra sociedad no está a la altura de entender eso? Yo creo que sí. Cuando alguien desea rechazar un tratamiento concreto debemos respetarlo y asumirlo, no podemos imponer a otras personas nuestros puntos de vista, los que determinarían nuestras decisiones en esa misma situación. Cada persona, una vez tiene en su poder y comprende todas las posibilidades, pronósticos y alternativas, tiene derecho a elegir cómo desea que sea el proceso de su enfermedad y debería poder decidir, de igual forma, cómo desea que sea el final de su vida. La ley debería amparar la eutanasia activa para que esté ahí cuando alguien lo necesite. La ley debería ser objetiva, justa, racional y laica.

Es un tema enormemente complicado, cierto, pero no por ello hay que dejarlo a un lado; es más, debe ser afrontado con el deseo de dar solución a un problema que cada días más personas piden que se solucione. Muerte digna. Las leyes están para dar respuesta a las necesidades de las personas; porque, en definitiva, lo único que importan son las personas.