09/08/2017

"Aprender a vivir"

Por Lola Montalvo

Relato que narra una situación real frente al diagnóstico de ERC y un trasplante fallido.

Cerró los ojos, un gesto innecesario ya que aún estaba oscuro. Pero necesitaba tener la sensación de que la oscuridad no le iba a engullir. Necesitaba sentir que si veía oscuridad era porque él cerraba los ojos. Fue inútil. Las lágrimas se agolparon tras sus párpados escociéndole, quemándole, impidiéndole respirar. El silencio era absoluto. Sólo se escuchaba a su lado el rítmico y sereno respirar de ella, dormida, acurrucada de cualquier manera en el sillón, ajena a su vigilia, benditamente ausente. En la otra cama de su habitación de hospital no había nadie y en el oscuro pasillo hacía horas que se había dejado de sentir el ir y venir de las enfermeras del turno de noche.

Suspiró profundamente intentando controlar su cuerpo, pero fue en vano. El llanto ganó la batalla y, sin fuerzas para resistirse más, lo dejó fluir ya sin voluntad alguna. Aún vencido por la vorágine de su dolor, la habitación permaneció en un eclesial silencio que permitía seguir escuchando el respirar quedo de ella.

Cerró los ojos y recordó...

Tres años hacía ya que comenzó todo. La pérdida de peso sin justificación, los intensos y paralizantes dolores de cabeza, el malestar constante, el cansancio y esa insalubre sensación que te grita por lo bajini que algo va mal, que algo en tu interior se está tomando la libertad de estropear algún recóndito resorte que te lleve a una situación jamás deseada, jamás, cuando uno acaba de tener un hijo, cuando uno acaba de empezar una vida. Nunca es un buen momento para enfermar, nunca, porque ella estaba embarazada y la nena era demasiado pequeña, demasiado pequeña...

Daba igual que te resistieras; el resorte de tu organismo estaba definitivamente roto.

Sin solución. Roto.

En un aciago día, tras meses de negar lo evidente, te ves ingresado en una cama de hospital, las fuerzas agotadas, cien mil cables saliendo y entrando por tu cuerpo, un cuerpo que ya no te pertenece, que ya no funciona como debe. En un sólo día te ves al borde de la muerte, desesperado por el dolor, por la angustia... Tu vida ya no es la misma y nunca volverá a serlo.

Tus riñones ya no funcionan. Debes asumir eso. Y debes aprender a vivir... de nuevo.

Tienes que aprender a vivir, de nuevo.

Se te concede una tregua de meses antes de empezar la hemodiálisis, meses en los que la dieta se reduce hasta los límites de la malnutrición. El agua, los alimentos y sus componentes —de los que hasta ese momento fuiste completamente ajeno, porque ¿a quién coño le importa lo que es el fósforo, el potasio, la creatinina y lo que hacen en nuestro cuerpo?— son un veneno potencial para tu averiado organismo. Comer ya no es un placer, es un ejercicio de cálculo, una ecuación ponzoñosa en la que la incógnita a despejar es cuánto líquido puede encharcar tus pulmones si te saltas las restricciones.

Pero esta dieta tan estricta no te va a curar... esto sólo es el preámbulo de lo que viene después. A los pocos meses empiezas con la hemodiálisis y empiezas a comprender lo que será tu existencia a partir de entonces. La vida sigue allá fuera mientras tú tienes que pasarte cuatro horas enganchado a una máquina que te limpie lo que tus riñones ya no pueden. Cuatro horas en el que eres consciente de que la gente vive su vida fuera, completamente ajenos...

Aprendes a vivir. Sí, claro que sí. Aprendes a organizar tu vida y tu trabajo alrededor de esas cuatro horas, tres veces en semana. Aprendes a intercalar tu ocio en ese tiempo tirano que nunca te da tregua. Aprendes a irte de vacaciones llevándote tus cuatro horas tres días en semana allá a donde vayas. Claro que sí. Aprendes a vivir con tus hijos al máximo antes de tener que irte un sábado al mediodía a cumplir con tus cuatro horas. Hasta aprendes a sonreír con educación cuando alguien tiene la osadía de decirte, sin perder la sonrisa, que te ve muy bien, muy bien... que lo tuyo lo llevas estupendamente y que no dejes de pensar que hay cosas peores... Esas personas que, en su atrevida ignorancia de personas aparentemente sanas, no se dan cuenta que ellos no pueden juzgar eso, que nadie puede juzgar si una enfermedad es peor que otras. ¿Qué es peor? ¿Ellos lo saben? ¿Saben ellos lo que cada persona sufre con esas enfermedades? Para cada uno su enfermedad es su infierno, da igual que sea cáncer, esclerosis múltiple, Alzheimer, cualquier patología rara o insuficiencia renal crónica.

Un día, de repente, te abren la puerta a la esperanza. La esperanza de un trasplante. Y entonces aprendes a vivir con la ilusión de que un día tu calvario tendrá un final, que no es para siempre, que puede ocurrir un milagro: el milagro de que te pongan un riñón sano que haga lo que los tuyos un día decidieron dejar de hacer.

Y ese día llega y tú eres muy feliz. «En unas semanas seré libre, me libraré de mis cuatro horas tres veces en semana y volveré a llevar una vida normal» te dices.

Antes de la operación te dan un papel para que lo firmes. En él se recogen los riesgos que corres en tal intervención, riesgos derivados de la operación o de los medicamentos que te darán durante y después de la misma. Pero eso es algo que le pasa a ¿cuántos? ¿Uno de cada mil? ¿Uno de cada quinientos? ¡Va, da igual! Lo firmas, lo firmas con la esperanza de que eso a ti no te suceda. Algo puede ir mal, claro, lo entiendes, pero a ti no te va a pasar nada. Sabes que los adelantos de hoy día no permiten que eso no suceda. Firmas el papel de la autorización con una sonrisa contenida entre los labios. ¡Bendita ignorancia! «¡Esto se va a acabar, se acaba!»

Entras en el quirófano con el billete de un beso en tus labios, un beso impregnado de esperanza, un beso de ella. Cuando despiertes tu vida será otra. La vida de los dos será mejor.

Pero todo va mal. Mal, tan mal que casi las Parcas consiguen arrancar tu esencia por siempre jamás y transformarla en un recuerdo. Las advertencias del papel que firmaste se quedaron cortas, muy cortas. ¡Oh, bendita ignorancia! Más dolor, más sufrimiento, más pesar. Sí, pero vivo.

Y una semana más tarde te encuentras en una habitación a oscuras. Está a punto de amanecer. Ella duerme en el sillón junto a tu cama. Su mano posada en el colchón, esa mano que se durmió cogida a la tuya, dándote fuerzas, dándote unas ganas que aún no tienes.

Por fin, el llanto cedió. Tuvo la virtud de lavar tu dolor, de llevar tu pesar al sitio justo en donde debe descansar. Abres los ojos y sabes que algo ha cambiado. Sí.

Un resquicio de luz tiñe de oro el horizonte tras la ventana, delimitando majestuosamente los edificios que te impiden ver el sol. Amanece un nuevo día. Miras el halo dorado y sientes renacer en tu interior lo que creías perdido en su sufrir.

Y entonces lo sabes. Te sonríes a ti mismo tímidamente.

Aprenderás a vivir, aprenderás a recuperarte de esto.

Sin dejar de sonreír, tomas la mano de ella y la acaricias.

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Esta historia no es fruto de mi imaginación. Los personajes, él y ella, son reales.

Cada uno tiene su pequeña porción de dolor en esta vida. Todos tenemos algo que nos hace sufrir o que nos impide llevar la vida que desearíamos. Todos sufrimos en nuestra existencia tropiezos que nos obligan a detenernos un instante y reflexionar. Y aprender a vivir con lo que el destino nos pone en nuestro camino. No mires a los demás, ni en lo bueno ni en lo que crees que pueda ser peor. Ninguna enfermedad grave es mejor o peor que otras. Aprende a vivir y lucha con uñas y dientes...

Recuerda, todos somos mucho más fuertes de lo que creemos. Nada nos puede vencer.

Esta historia, real, muy real, pretende ser un soplo de esperanza, una inyección de energía para los que sufren algún grave padecer. Para ellos va mi apoyo.

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