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07/10/2017

«Recordar…me»

Un relato de Lola Montalvo

Nuestra colaboradora nos ofrece un relato sobre uno de los factores que afectan a los pacientes renales y la importancia del apoyo de familiares y cuidadores.

Me miro al espejo.
Mi mirada se pierde en ese rostro arrugado y extraño. Que no conozco, que no considero propio.
Y me asusto y me angustio y me aterrorizo... ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son esas personas que me rodean, que se acercan a mí, que quieren tocarme?
Y lloro. Lloro mi miedo, mi pérdida de mí, mi angustia de mi interior desconocido.
Miro mis manos pero yo las recordaba más jóvenes, suaves, blancas y tersas. No son mis manos. Busco con la mirada a mi madre, su amado rostro de sonrisa fácil. Busco el consuelo de su mirada arropándome desde lejos. Creo vislumbrarla en ese rostro que se acerca a mí con una sonrisa inquieta.
Pero sólo encuentro desconocidos, manos que me agarran, palabras que no entiendo... ¡Y grito! Grito y me sujetan y... lloro. Lloro por mi miedo, por mi pérdida, por mi angustia.
Cierro los ojos porque la oscuridad me engulle y su vértigo me atenaza.

Despierto.
Miro mis manos. Y suspiro de alivio. Reconozco mis manos, arrugadas y llenas de manchas y grietas, resultado de cincuenta años de duro trabajo. Siento a alguien a mi lado... ¡mi hija! que me acaricia el rostro y me besa y me baña con sus lágrimas que reconozco amargas por su sufrimiento diario. Por su pena, por mí. Me duele que sea yo quien le hace llorar con tanto dolor.
Y recuerdo.
— ¡Hija —le digo con un susurro que amenaza llanto—, no llores hija!
— ¿Sabes quién soy, lo sabes? —me pregunta ella con un temor en la mirada que me parte el corazón.
— ¡Sí —respondo tragándome a duras penas la angustia—, ahora en este momento te recuerdo! ¡Me recuerdo!
Y me abraza y me besa y me acaricia el arrugado rostro que ahora sé que me pertenece, que es el resultado de una vida... Ya pronto no me recordaré. Pronto ya no volveré a recordarla. Me sumergiré para siempre en la celda de mis recuerdos, esos en los que siempre seré joven...
Perderé para siempre lo que he sido, lo que soy.
Tengo miedo de que llegue ese día, mucho miedo, sí.
Cierro los ojos.
Noto unas manos que me apresan, un cuerpo que me aprieta, unos labios desconocidos que me besan y me agobian.
Miro ese rostro que no conozco y en el que leo pena, pesar y le pregunto:
— ¿Quién eres?



Una de las comorbilidades más frecuentes en los enfermos con patologías crónicas renales son las demencias; la evidencia a partir de distintos estudios observacionales apoya la asociación entre fragilidad, deterioro cognitivo y demencia («La fragilidad en el anciano con enfermedad renal crónica» M.E. Portilla Franco et als.; Nefrología 2016;36(6):609–615).

El pasado 21 de septiembre fue el Día Mundial del Alzheimer y he querido en el artículo de hoy aportar mi propio granito de arena para hacer visible este tipo de enfermedades, que arrasan con la memoria de las personas que la sufren, con su identidad, su biografía, su «yo». Creo que este relato nos puede ayudar a visibilizar más lo que significa esta enfermedad para quienes lo sufren, para sus cuidadores, para sus familias y amigos.

Las demencias se llevan toda la esencia de las personas: su memoria.
Imaginen mirarse al espejo y no reconocer el rostro que te devuelve la mirada.
Imaginen a esa familia no viéndose reconocida en esos ojos, los ojos de un extraño.
No me extiendo más.